Gana la consigna
"El PP vuelve, al fin, a la unidad contra ETA" (con diversas variantes)
cuando resulta que es todo lo contrario. Pero ni siquiera el PP reclama ser el único que no ha cambiado de posicionamiento en estos últimos años!!
Aunque finalmente, a día de hoy, cuando ya parece imponerse la doctrina de que no se debe negociar con ETA, el Partido Popular de Mariano Rajoy decide que es hora de empezar a ceder con los estrategas de las nueces...
Increíblebleble, que decía Ford Farlaine.
Gistau, hombre de visiones generales que no necesita "pañuelos", contribuye a ello en su pequeña medida:
El pañuelo DAVID GISTAU
Fracasado el ataque ideológico que protagonizó Esperanza Aguirre durante su órdago de fogueo, a Rajoy se le asedia ahora con otra munición contra la cual es más difícil blindarse: la emotiva, la moral. Si la jugada consistió primero en hacerle pasar por un mentecato y un apocado que sí se resigna, la vuelta de tuerca de la ofensiva interna aspira a presentarlo directamente como un traidor a principios sacralizados que no duda en dejar en la estacada a quienes arriesgan la vida. Y es ahí donde María San Gil admite que su prestigio sea usado como elemento de coacción contra el mismo hombre que lo manipuló sacándolo de procesión por Madrid durante las manifestaciones masivas de la pasada legislatura. La fama de San Gil es como el pañuelo de la doncella que todo caballero aspira a llevar anudado en el brazo al entrar en la justa para demostrar que le inspiran votos poéticos y galantes, y no una relación mercenaria con la gloria personal. Y ella lo concede, y lo retira, y decide plazos de 40 días de penitencia con flagelo para merecerlo de nuevo.
Aunque admirable por su capacidad de sacrificio y su coraje, San Gil es un personaje político de una sola frase que no alcanza a contener toda una visión general. Y que por lógica no admite tibiezas que reduzcan la importancia de todo aquello a lo que se ha entregado con un insólito desgaste personal que en ninguna otra parte del territorio democrático occidental, salvo en el País Vasco, han de afrontar los políticos profesionales. Es precisamente la mezcla de esas dos características suyas, el coraje reconocido y la reticencia a negociar con principios a los que ha dado más que nadie, la que la convierten, en mayor medida que un discurso de Esperanza Aguirre o una maquinación de reservado de restaurante, en una herramienta perfecta para sabotear el viraje estratégico de Mariano Rajoy. Y, por añadidura, al propio Rajoy, que sin el pañuelo anudado al brazo no es ya un paladín moral, sino poco menos que un traidor excluido del Todos somos María que pretende imponer al Congreso de junio una solución emotiva, ya que la ideológica y la institucional no servirán para derribar a Rajoy.
Sería atrevido especular con que María San Gil no es sino el ariete de una conspiración urdida en compañía de otros. Pero lo cierto es que, ante la coacción moral, Rajoy se arruga, como lo prueba la modificación de la ponencia. Lo malo es que San Gil, por más que sea admirable, está contribuyendo a que el PP se quede en partido de una sola frase, incapaz de adaptarse para sobrevivir a un tiempo nuevo, empecinado en una frontalidad de extramuros por la que, esta vez con razón, se le podrá decir que el cordón sanitario se lo ha tendido solo. ¿Pues no hay, hoy, comentaristas ofendidos porque aprecian debilidad y rendición del PP en la unidad parlamentaria ante el atentado y en los propósitos de derrotar a ETA? ¿Pero no era esa unidad y ese propósito lo que exigieron toda la legislatura pasada?

