lunes, 12 de febrero de 2007

Sobre catalanofobia

El hecho en sí no tiene demasiado que comentar. Un deportista hace unas declaraciones explosivas y los patrocinadores deciden que no les gusta vincular su nombre con él. Pasa todas las semanas y pasará muchas más veces. Lo curioso han sido las reacciones subsiguientes. Las clases parlanchinas de Cataluña ven el incidente como otro ataque de catalanofobia y el muchacho, Oleguer, pasa a ser un símbolo. El País lo convierte en un ejemplo de muchacho comprometido (siguiendo la costumbre de nuestro caro diario de referencia: si radical catalán, eres un rebelde comprometido; si español, un pobre facha). Y la Rahola dice que lo de Kelme ha sido un acto de persecución política.

En fin, ¡qué decrepitud la de Cataluña¡ Tanto mirarse al ombligo, tanto creerse el alfa y omega de cuanto ocurre en el mundo, concluye en que sus clases dirigentes miren todo suceso bajo el prisma de la identidad y la catalanidad. Cuando una empresa del país intenta comprar, con la ayuda del árbitro, una empresa a precio de risa y fracasa en el empeño, catalanofobia. Cuando un juez es recusado, siguiendo las normas que rigen en todo estado de derecho, catalanofobia. Cuando un jugador de fútbol pierde su patrocinador al ofender al público objetivo de la empresa que le paga, catalanofobia.

Y lo peor, es que lo están consiguiendo. Están consiguiendo que incluso aquellos que teníamos en buena ley a los catalanes acabemos siendo catalanófobos. Y ellos, que han hecho de la hispanofobia su ideología no ya política sino vital, terminarán teniendo razón.

1 comentario:

  1. Qué pérdida de tiempo! Cuánto no estaríamos mejor si no pensaramos ni un minuto más en los catalanes y su nacionalismo! De tanto escupir a la cara han logrado lo que querían. No creo que nos perdamos nada, algunos amigos podrán exiliarse entre nosotros. Con los demás, mejor vivir de espaldas, o de culo, los siguientes siglos.

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